El tratamiento de deshabituación de las drogas es un proceso largo y complejo, en el que se atraviesan fases emocionales de gran intensidad. Se transita desde el sufrimiento, la frustración y la sensación de no poder, hasta momentos de ilusión, satisfacción y plenitud. Una de las etapas más difíciles es la aceptación: primero, reconocer que padecemos una enfermedad que ha comprometido nuestras vidas; después, asumir que, nos guste o no, nos ha tocado a nosotros.
Al principio, la adicción se percibe como una limitación insoportable. Nos cuesta aceptar que nuestra vida no podrá desarrollarse como la de los demás, que no podremos compartir una copa de vino o hacer un vermut sin que ello suponga el riesgo de un consumo descontrolado. No es un proceso sencillo, pero el trabajo terapéutico se enfoca en tomar conciencia de las consecuencias que el consumo tuvo en nuestras vidas, ayudándonos a relativizar las pérdidas y resignificar las renuncias necesarias para seguir adelante.
Todo esto nos lleva a construir una identidad como adictos en recuperación, una base sólida que nos sostendrá a lo largo del tratamiento. Pero surge una pregunta inevitable: ¿qué sucede después? ¿Qué pasa cuando el proceso terapéutico más intenso finaliza, cuando dejamos de tener un seguimiento diario y de contar con profesionales y compañeros con quienes compartir cada paso, cada duda, cada emoción?
Desde el principio, tuve claro que nunca podría desvincularme del centro en el que me recuperé, que mi recuperación debía seguir siendo el eje central de mi vida. Sin embargo, no siempre es fácil verlo con la misma claridad. Al regresar a la vida “normal”, inmersos en el trabajo, la familia, los amigos y las múltiples responsabilidades cotidianas, es fácil perder de vista quiénes somos y de dónde venimos.
También sabía, por experiencia propia, que una de las trampas más peligrosas de esta enfermedad es el autoengaño. Es astuto, persistente y tiene la capacidad de hacernos creer cualquier cosa. Se cuela en los momentos de descuido, se alimenta de nuestras justificaciones y aprovecha cualquier intento de minimizar nuestro estado emocional.
Por eso, considero fundamental mantener el vínculo con la recuperación. Solo cuando permitimos que otros nos reflejen aquello que nosotros mismos no somos capaces de ver, logramos tomar verdadera conciencia de lo que nos sucede. En este camino, no hay espacio para la soledad ni para la negación: el único camino seguro es seguir conectados con quienes pueden ayudarnos a recordar quiénes somos y por qué seguimos aquí.
