Hace unos días volví al pueblo donde me crie. Fui a ver a mi madre. Ahora que puedo viajar con mi hijo, esos reencuentros tienen algo especial, casi tierno. Hay momentos luminosos, recuerdos que duermen en las aceras, sabores que todavía saben a infancia. Pero también hay algo más. Algo que se cuela por debajo, silencioso, pero muy presente.
Macherio, en la provincia de Milán, es mi pueblo natal. Y también es el lugar donde nació mi adicción. Allí aprendí a sobrevivir como pude, a base de huidas, de parches, de silencios. Pasé años sintiéndome atrapado, sin saber cómo salir de mí mismo. Y aunque desde hace tiempo vivo en Barcelona y he construido una vida limpia, cada vez que pongo un pie en esas calles algo dentro de mí se remueve.
No es nostalgia. Es otra cosa.
Es como si en ese escenario, incluso ahora, yo siguiera siendo aquel que no sabía vivir sin consumir. No porque lo quiera, no porque lo busque… sino porque todo allí —los lugares, los ritmos, las caras, incluso los olores— me devuelven a ese estado de malestar crónico que durante años intenté calmar con lo que fuera.
Esta vez, sin embargo, hubo una diferencia: pude verlo con más claridad. Pude entender que esa incomodidad que siento cada vez que vuelvo no es casual. Que tiene un nombre. Que viene de ese vínculo invisible entre un lugar y un dolor antiguo.
Y entonces lo supe: aunque aquí aprendí a vivir sin drogas, en Milán no lo he hecho todavía. Allí, en ese entorno, mi recuperación aún no ha echado raíces. Y si algún día tuviera que volver a vivir allí, sé que tendría que hacer un trabajo profundo, honesto, casi desde cero. Aprender a habitar ese espacio sin convertirme otra vez en el que fui.
Porque la sobriedad no es solo dejar de consumir. Es también reaprender a vivir donde antes solo supiste sobrevivir
Si alguna vez te pasa algo similar —que vuelves a un sitio y se te remueven cosas que creías enterradas— no estás solo. No es debilidad, ni retroceso. Es la memoria del cuerpo, del alma, de una historia que aún palpita en ciertas esquinas.
Los lugares no se olvidan. Y nuestras heridas, menos. Pero eso no significa que tengan que definirnos para siempre.
El trabajo personal no consiste en borrar lo vivido, ni en negar lo que fuimos. Es, más bien, aprender a caminar entre los ecos del pasado sin que nos arrastren.
Es poder volver sin perdernos.
Es sostener la mirada de aquel que fuimos… desde el lugar en el que estamos hoy.
Y si alguna vez te toca regresar al sitio donde todo empezó, que sea con toda la verdad de lo que eres ahora.
Con tu conciencia.
Con tu historia al completo.
Y con la firme decisión de no dejarte atrás otra vez.
