El silencio después del ruido
Muchas personas que inician un proceso de recuperación se enfrentan, casi de inmediato, a una vieja conocida: la soledad. No hablo sólo de estar solo, sino de la sensación de vacío que aparece cuando el ruido del consumo desaparece, cuando las relaciones superficiales se disuelven y cuando la anestesia emocional deja de hacer efecto.
En ese silencio, muchos se preguntan: ¿Quién soy sin la adicción? ¿Quién está conmigo realmente? La soledad aparece como una amenaza, pero también como un espacio fértil.
¿Por qué asusta tanto?
En las primeras etapas de la abstinencia, la soledad puede interpretarse como una forma de abandono o de castigo. Algunos autores, como Weiss (1973), distinguieron entre soledad emocional y social. La primera tiene que ver con la falta de vínculos íntimos y significativos, y es la que más impacto tiene en la recuperación.
Según un estudio publicado en el Journal of Substance Abuse Treatment (Litt et al., 2016), la percepción de aislamiento social está asociada a mayores tasas de recaída. Esto no es solo porque “uno solo no puede”, sino porque el cerebro, en abstinencia, busca vínculos que reemplacen el estímulo adictivo.
El peligro de confundir aislamiento con introspección
Hay un matiz importante entre estar solo por decisión consciente y aislarse por miedo o dolor. El aislamiento, cuando nace del resentimiento o del autoengaño (“no necesito a nadie”), puede convertirse en un factor de riesgo serio. Pero estar solo para escucharse, para observar sin ruido, es otra cosa.
En palabras del psiquiatra Mario Alonso Puig, “la introspección puede ser dolorosa, pero es también la antesala del crecimiento”.
Convertir la soledad en una oportunidad
Trabajar con la soledad implica aprender a habitarla. Algunas estrategias útiles:
- Terapia individual, donde el espacio con uno mismo está mediado por una mirada profesional.
- Redes de apoyo, aunque sean mínimas: una persona disponible puede ser suficiente al inicio.
- Espacios de creatividad o meditación, donde se cultive la presencia, sin necesidad de llenar el vacío con ruido.
Como señala Johann Hari en su conocido libro “Conexiones perdidas” (2018), “la adicción no es el opuesto de la sobriedad, sino el opuesto de la conexión”. Y ahí es donde la soledad puede convertirse en una vía hacia una conexión más auténtica, primero con uno mismo.
Conclusión
La soledad en la recuperación no es ni buena ni mala por sí misma. Es una experiencia ambigua, cargada de posibilidades. Puede ser amenaza si lleva al encierro o al resentimiento, pero también puede ser oportunidad si permite al individuo encontrarse sin máscaras.
Acompañar esa soledad, darle forma, nombrarla, trabajarla en un proceso terapéutico o de coaching, puede ser una de las claves más potentes del cambio sostenido.
Por eso, en el proceso de acompañamiento, se crea un espacio seguro donde esa soledad puede transformarse en un motor de autoconocimiento y crecimiento. Descubre como trabajo este proceso.
Fuentes y referencias:
- Weiss, R. S. (1973). Loneliness: The experience of emotional and social isolation. MIT Press.
- Litt, M. D., Kadden, R. M., & Tennen, H. (2016). The nature of social support and its influence on relapse risk. Journal of Substance Abuse Treatment, 69, 23–29.
- Hari, J. (2018). Lost Connections: Uncovering the Real Causes of Depression – and the Unexpected Solutions. Bloomsbury.
- Puig, M. A. (2015). Reinventarse: Tu segunda oportunidad. Plataforma Editorial.
