Dejar una adicción es, sin duda, uno de los pasos más valientes que puede dar una persona. Pero no es el final del camino, sino el principio de una etapa más compleja y sutil: la de enfrentar el vacío que la sustancia venía ocultando.
Cuando el consumo cesa, también lo hace el ruido que generaba: el drama, la urgencia, la necesidad constante. Y con ese silencio reaparecen emociones crudas, antiguas y a menudo no resueltas. Es ahí donde muchas personas experimentan una profunda desorientación emocional, que puede llevarlas incluso a la recaída si no se comprende bien lo que está ocurriendo.
La función adaptativa de la adicción
Desde un enfoque bio-psico-social, la adicción no es solo una conducta desadaptativa, sino también una forma de afrontar —aunque de manera disfuncional— un malestar interno profundo.
Como explica Gabor Maté en In the Realm of Hungry Ghosts (2008), las adicciones nacen “no por el deseo de placer, sino por la necesidad de aliviar el dolor.” La sustancia actúa como una anestesia emocional. Y cuando desaparece, ese dolor emerge con toda su intensidad.
🔗 Fuente: Gabor Maté – North Atlantic Books
El vacío emocional y el sistema de recompensa
Neurobiológicamente, las adicciones alteran el sistema dopaminérgico, que regula el placer, la motivación y la recompensa. La retirada deja al cerebro en un estado de hipofunción, con niveles bajos de dopamina y otros neurotransmisores clave, como la serotonina y las endorfinas. Esto se traduce en:
- Anhedonia (incapacidad de sentir placer)
- Apatía
- Falta de motivación
- Tristeza o vacío profundo
Este estado no es patológico en sí mismo, sino parte del proceso de reajuste del cerebro. Sin embargo, es emocionalmente muy difícil de sostener y suele confundirse con “fracaso” o recaída inminente.
🔗 Koob & Volkow, 2016 – Neurobiology of Addiction
El trauma como raíz del vacío
Muchos expertos coinciden en que el vacío que aparece tras la retirada no es solo neuroquímico, sino también emocional y existencial. Bessel van der Kolk, autor de The Body Keeps the Score (2014), sostiene que las personas con historial de trauma presentan dificultades para regular sus emociones internas cuando cesan los mecanismos de compensación (como el consumo). El silencio activa memorias corporales del abandono, el miedo o la inseguridad.
🔗 Van der Kolk, 2014 – Penguin Books
Acompañar el vacío: claves terapéuticas
El abordaje del vacío emocional en la recuperación pasa por varias líneas de trabajo:
- Psicoeducación: Ayudar al paciente a entender que ese vacío es normal, esperable y parte del proceso de sanación.
- Acompañamiento emocional: Espacios seguros donde pueda sostener su malestar sin necesidad de anestesiarlo.
- Construcción de sentido: Redefinir la identidad, los valores, los vínculos, más allá del consumo.
- Reconexión corporal: Prácticas como el ejercicio, la respiración, la meditación o el arte, que ayudan a reconectar con el cuerpo y la presencia.
El silencio que sigue a la adicción no es solo la ausencia de consumo. Es una puerta. A veces dolorosa, otras aterradora, pero siempre necesaria. Porque solo atravesando ese vacío podemos descubrir qué había debajo: emociones olvidadas, partes de uno mismo negadas, necesidades legítimas que no supimos cómo atender.
Y desde ahí, construir una vida más libre y auténtica.
