En el mundo de las adicciones, solemos pensar en la recaída como el momento en que alguien vuelve a consumir.
Pero la realidad psicológica es mucho más compleja.
Antes de que aparezca el consumo, casi siempre ocurre algo previo, más sutil, más difícil de ver: una recaída emocional o cognitiva.
Una forma de desconexión que empieza mucho antes del acto físico.
Cuando el cuerpo está limpio, pero la mente sigue cansada
La abstinencia no garantiza bienestar. Muchas personas dejan de consumir, pero mantienen la misma relación interna con el dolor, la frustración o la soledad.
Y poco a poco, sin darse cuenta, empiezan a desconectarse de sí mismas:
dejan de cuidar su descanso, de nutrir sus relaciones, de expresar lo que sienten.
Empiezan a funcionar en “modo automático”.
En ese estado, el pensamiento adictivo no desaparece: espera su momento.
Y cuando llega el cansancio emocional o un conflicto no resuelto, vuelve a ofrecer su vieja solución: “solo una vez”, “ya estoy bien”, “me lo merezco”.
La recaída empieza mucho antes del consumo
El terapeuta estadounidense Terence T. Gorski —uno de los referentes en prevención de recaídas— ya explicaba que la recaída es un proceso que comienza en el pensamiento y se alimenta de la desconexión emocional.
Según Gorski, la primera fase no es la tentación, sino la pérdida de hábitos de autocuidado: dejar de descansar, aislarse, ocultar emociones, descuidar rutinas.
Desde ahí, el terreno queda preparado para que la mente empiece a justificar el retorno al consumo.
En otras palabras: la recaída no empieza con una copa, sino con una renuncia silenciosa a uno mismo.
La disociación como señal temprana
En términos psicológicos, este proceso suele implicar una forma de disociación leve: una desconexión entre lo que se siente y lo que se piensa.
La persona puede seguir funcionando, incluso parecer bien, pero internamente ha perdido contacto con su mundo emocional.
Esa desconexión se convierte en un alivio temporal… pero también en una antesala del riesgo.
No poder sostener lo que se siente sin anestesia emocional deja la puerta abierta a viejos mecanismos de alivio rápido.
Reconectar para prevenir
Prevenir la recaída invisible no se trata de tener más fuerza de voluntad, sino de cultivar la conexión:
con el cuerpo, con las emociones, con los vínculos reales.
Eso implica prestar atención a las señales cotidianas:
- cuando el cansancio se vuelve constante,
- cuando todo pierde sentido,
- cuando uno se aísla “porque no tiene ganas de hablar”,
- o cuando la mente empieza a justificar el descuido propio.
Son pequeñas grietas por donde puede volver a colarse el autoengaño.
No basta con no consumir
La recuperación auténtica no consiste solo en no hacer, sino en volver a estar.
En aprender a sostener la vida sin anestesia, pero también sin rigidez.
En cuidar lo que conecta y en revisar lo que distancia.
Porque el consumo no siempre vuelve en forma de sustancia:
a veces regresa como indiferencia, como apatía, como esa voz que dice “ya no pasa nada”.
Y justamente ahí —en ese aparente equilibrio— puede estar empezando una recaída invisible.
Referencias:
- Gorski, T. T. (1989). The Cenaps Model of Relapse Prevention: An Overview. Journal of Psychoactive Drugs.
- Marlatt, G. A. & Donovan, D. M. (2005). Relapse Prevention: Maintenance Strategies in the Treatment of Addictive Behaviors. Guilford Press.
- Khantzian, E. J. (1997). The self-medication hypothesis of substance use disorders: A reconsideration and recent applications. Harvard Review of Psychiatry.
