La recuperación de una adicción no es solo dejar una sustancia o conducta: es sumergirse en un territorio emocional profundo, a menudo inexplorado. Dos sentimientos emergen con frecuencia en ese viaje y, sin embargo, muchas veces quedan sin tratar de forma específica: la culpa y la vergüenza. Comprender su dinámica, su función y su diferencia nos ayuda a acompañar de forma más compasiva y eficaz el proceso de cambio.
1. ¿Qué entendemos por culpa y vergüenza?
Aunque en el habla común se usan casi como sinónimos, en psicología tienen matices distintos.
- La culpa es una emoción que surge al sentir que hemos hecho algo mal, que hemos actuado de forma injusta o perjudicial hacia otro o hacia nosotros mismos. Está vinculada al acto (‘he hecho esto’) y conlleva deseo de reparación. SciELO+3Wikipedia+3Repositorio Institucional Séneca+3
- La vergüenza, en cambio, tiene que ver con la percepción de que “soy” algo equivocado o “soy” inadecuado, más que con lo que he hecho. Se relaciona con el self (“yo soy malo”, “yo soy un adicto”), y suele ir acompañada de querer ocultarse, desaparecer o sentirse inferior. Wikipedia+2Repositorio Institucional Séneca+2
En el contexto de la adicción y la recuperación, estas emociones no solo aparecen, sino que pueden marcar el ritmo del cambio: paralizan, impulsan, favorecen el autoengaño o invitan al crecimiento.
2. ¿Por qué aparecen tan frecuentemente en la recuperación?
Cuando una persona decide dejar una sustancia o conducta adictiva, entra en un proceso de reordenamiento de su vida, de sus valores, de sus relaciones sociales. En ese trayecto, surgen al menos tres factores que favorecen culpa y vergüenza:
- La caída del mito del control o la invulnerabilidad. Muchas personas con adicción han vivido durante años con la idea de “yo controlo”, “no pasa nada”, “ahora lo paro cuando quiera”. Cuando la realidad golpea y aparece la dependencia, se produce un choque: “He perdido el control, he quedado atrapado”. Esa sensación genera culpa (“¿Por qué no lo paré antes?”, “¿Qué he hecho mal?”) y vergüenza (“Soy un fracasado”, “Soy un adicto”).
- El daño real o percibido al otro o a mí mismo: relaciones rotas, confianza perdida, salud deteriorada, promesas incumplidas. Aquí la culpa se activa como emoción natural ante un acto (o varios). Pero la vergüenza puede activarse si la persona internaliza el daño como parte de su identidad (“ya no voy a merecer una vida normal”).
- El estigma: la sociedad, los medios, la cultura popular contribuyen a asociar la adicción con la debilidad, la moralidad cuestionable, la peligrosidad. Ese contexto externo internamente vivido puede generar auto-estigma, vergüenza profunda y aislamiento. riod.org+1
3. Diferencias clave: culpa saludable vs. vergüenza paralizante
Como terapeuta o coach, es útil tener claro que la culpa, en su forma moderada y bien orientada, puede ser funcional: nos hace ver un acto, responsabilizarnos, reparar, aprender. Sin embargo, la vergüenza suele ser disfuncional, porque gira en torno al “yo soy”, no al “yo hice”, y promueve evitación, ocultamiento, bloqueo.
Un estudio indica que la vergüenza inhibe el autoperdón con más facilidad que la culpa; en cambio, la culpa bien gestionada puede movilizar un cambio. Repositorio Institucional Séneca
En el ámbito de la adicción, podríamos verlo así:
- Culpa funcional: “Sí, consumí cuando dije que no lo haría. Eso fue un error que dañó a otros y a mí. ¿Qué puedo hacer ahora?”
- Vergüenza paralizante: “Soy un adicto, un fracaso, no valgo. ¿Para qué lo intento?”
4. ¿Cómo se manifiestan en la práctica en la recuperación?
Algunas señales habituales:
- Pensamientos del tipo «Me siento asqueroso/a», «No merezco ayuda», «Han perdido el tiempo conmigo».
- Evitación de contacto social o terapéutico por miedo al juicio o al rechazo.
- Autosabotaje: abandono temprano del proceso, recaídas silenciosas, “ya que lo he estropeado todo, ¿qué más da?”.
- Fijación en el pasado: rumiación constante de lo hecho, sin moverse hacia el ahora.
- En cambio, cuando la culpa se reconoce: reparación de relaciones, petición de disculpas (cuando procede), compromiso renovado con la abstinencia o nuevo estilo de vida.
5. ¿Qué estrategias pueden ayudar a trabajar culpa y vergüenza?
Como profesional que acompaña en esta senda, puedes sugerir a quien acompaña ciertas rutas, sin mencionarlo como “taller” si prefieres (como dijiste), sino como “herramientas” o “reflexiones”. Algunas ideas:
- Diferenciar la emoción: invitar a la persona a distinguir cuándo siente culpa (“hice”) y cuándo siente vergüenza (“soy”). Esa distinción ya libera parte del peso.
- Aceptar, sin agobio moral: reconocer que “sí, pasó, lo hice”, sin añadir “y por eso soy un desastre para siempre”.
- Perdón hacia uno mismo: Facilitar el proceso de autoperdón — y atención: no es “todo está bien”, sino “esto pasó, asumo la responsabilidad, aprendo y cambio”. Estudios señalan que la vergüenza bloquea este proceso. Repositorio Institucional Séneca
- Reconstrucción del relato personal: En la recuperación, la persona puede revisar su biografía, colocar lo vivido, ver las decisiones, los contextos, las vulnerabilidades. No como “culpa eterna”, sino como parte de un trayecto que puede tener sentido.
- Trabajo en comunidad y apoyo social: Cuando la persona comparte en un entorno seguro, el peso de la vergüenza se reduce, el aislamiento disminuye, y se crea posibilidad de humanidad, de “yo también”. Los estudios sobre estigma lo confirman. openaccess.uoc.edu+1
- Lenguaje cuidadoso: Como acompañante, evitar frases que refuercen la culpa o vergüenza (“ya era hora”, “eso solo te pasa a ti”), y usar un tono que invite a la auto-compasión y la responsabilidad simultáneamente.
6. Un enfoque integrador: culpa + reencuentro con el propósito
Dado que tú, Alberto, estás trabajando con la idea de un propósito como eje de la recuperación (como me comentaste en tus memorias), la integración de culpa y vergüenza puede articularse con esta mirada de sentido. Por ejemplo:
- Ver la culpa como una alarma legítima que avisa: “Aquí hubo algo importante que no cuidé”. Esa alarma puede devenir en búsqueda de propósito: “¿Qué puedo hacer ahora diferente?”
- Ver la vergüenza como una señal de desconexión con el yo que quiero ser, de la identidad que aspiro a. Entonces el trabajo no solo es dejar de consumir, sino reconstruir “¿Quién soy?” y “¿A dónde quiero ir?”.
- Integrar ambas como puertas hacia una vida con significado: admitir daños, reparar cuando sea posible, asumir responsabilidad sin quedar atrapado, soltar la condena identitaria (“soy un adicto”) y pasar al “soy alguien que está en recuperación, con una historia y con un propósito”.
7. Conclusión: no huir de la culpa… pero rechazar la vergüenza
En resumen:
- La culpa, bien gestionada, puede ser combustible para el cambio.
- La vergüenza, dejada sin atender, puede ser un lastre que impida volar.
- En el proceso de recuperación, es clave reconocer ambas, diferenciar ambas, y no permitir que la vergüenza defina la identidad.
- Como coach/terapeuta, tu modo de acompañar puede facilitar que la persona se mueva de “hice mal → lo reconozco” hacia “doy dirección a mi vida”.
- El cambio no es borrar el pasado, sino reinterpretarlo, integrarlo y usarlo como base para construir algo nuevo con sentido.
Referencias
- Shambo Rodríguez, D.L. “Culpa, vergüenza y autoperdón en personas que reciben…” 2018. Repositorio Institucional Séneca
- Riod – “Estigma, consumo de drogas y adicciones”. riod.org
- Rodergas Casado, L. “Efectos psicosociales del estigma en las personas con…” 2024. openaccess.uoc.edu
- Ospina Escobar, A.M. “Entre el orgullo y la vergüenza. El espectro emocional en…” 2019. SciELO
- “Culpa y vergüenza en las adicciones: claves para su comprensión clínica”, Instituto Orbium, 2025. institutoorbium.com
- Clavel, L.C. “Uso y abuso de sustancias psicoactivas: Cultura y sociedad”. 2013.
