La Navidad suele presentarse como una fiesta de luces, encuentros y celebraciones. Pero, más allá del ruido, el consumo y la nostalgia, su origen simbólico es otro: el renacer. El nacimiento de algo nuevo después de un periodo de oscuridad, de frío, de espera.
Curiosamente, ese mismo relato es el que atraviesan muchas personas cuando inician un proceso de recuperación.
No es una coincidencia.
El invierno antes del cambio
En casi todas las culturas, las fiestas de invierno están asociadas a una idea común: la vida no desaparece, se recoge. Bajo la tierra, algo se está preparando.
En la adicción ocurre algo parecido. Antes del cambio suele haber una etapa de desgaste, de repetición, de pérdida de sentido. Una sensación de estar viviendo siempre el mismo día, aunque el calendario avance.
La recuperación no empieza con la euforia.
Empieza con el reconocimiento de ese invierno interior.
Aceptar que algo no funciona ya es una forma de despertar.
Renacer no es empezar de cero
Existe una idea equivocada muy extendida: que recuperarse es “volver a ser quien eras antes”.
La Navidad, entendida desde su simbolismo más profundo, no habla de volver atrás, sino de dar lugar a algo nuevo.
Renacer no es borrar el pasado.
Es integrarlo.
En la recuperación no se destruye lo vivido; se transforma. La experiencia, incluso la más dura, puede convertirse en conocimiento, en límite, en conciencia. Como ocurre en la naturaleza, lo que parecía perdido se convierte en abono para algo distinto.
La sobriedad como forma de presencia
Para muchas personas, la Navidad está asociada al exceso: de comida, de alcohol, de estímulos, de expectativas.
La sobriedad, en cambio, propone otra lectura: estar presentes.
Estar presentes en una mesa sin huir de uno mismo.
Estar presentes en una conversación sin anestesiar lo que se siente.
Estar presentes incluso cuando aparecen la tristeza, la ausencia o la incomodidad.
La sobriedad no quita intensidad a la vida.
Le devuelve profundidad.
El verdadero regalo
En los relatos tradicionales, el nacimiento que se celebra en Navidad ocurre en condiciones humildes, lejos del brillo, sin garantías. No es un final feliz, es un comienzo frágil.
La recuperación también lo es.
No promete una vida perfecta, sino una vida más honesta.
No elimina el dolor, pero deja de añadir sufrimiento innecesario.
No lo resuelve todo, pero abre una dirección.
Ese es el verdadero regalo: la posibilidad de vivir sin esconderse.
Celebrar desde otro lugar
Tal vez este año la Navidad no sea alegre en el sentido convencional.
Tal vez no haya ganas, ni energía, ni entusiasmo.
Y aun así, puede ser significativa.
Porque celebrar no siempre es brindar.
A veces es seguir, sostener, no volver atrás, elegir cuidarse un día más.
Eso también es renacer.
Y quizá sea la forma más auténtica de entender estas fechas cuando se está en recuperación.
