La reciente iniciativa legislativa que propone prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años marca un punto de inflexión en la forma en que las instituciones comienzan a reconocer algo que desde el ámbito clínico se observa desde hace tiempo: las redes sociales no son herramientas neutras. Su arquitectura está diseñada para captar atención, reforzar la activación emocional y generar patrones de uso repetitivo que, en determinadas condiciones, pueden adquirir un carácter claramente problemático.
Aunque el foco mediático suele ponerse en la infancia y la adolescencia, la evidencia acumulada indica que los riesgos asociados al uso intensivo de redes afectan también a la población adulta, especialmente a personas con vulnerabilidades previas: ansiedad, depresión, dificultades en la regulación emocional y, de forma muy significativa, trastornos adictivos. En este contexto, resulta inevitable plantearse qué lugar deben ocupar las redes sociales en el trabajo de los profesionales de las adicciones.
Negar su existencia o su impacto no parece una opción realista. Las redes forman parte del ecosistema relacional contemporáneo y son, para muchas personas, la primera puerta de acceso a la información sobre salud mental y adicciones. Desde este punto de vista, pueden cumplir una función útil como espacio de divulgación, sensibilización y primer contacto. Permiten reducir el estigma, poner nombre a experiencias confusas y facilitar que alguien que aún no se atreve a pedir ayuda presencial empiece a considerar esa posibilidad.
Sin embargo, esta utilidad inicial exige una condición que debería ser irrenunciable: el apoyo o la participación a través de redes sociales nunca puede presentarse —ni vivirse— como sustitutivo de la terapia ni de los grupos presenciales. El trabajo terapéutico en adicciones implica presencia, encuadre, vínculo, tiempo y una elaboración emocional que no puede producirse en un entorno mediado por pantallas, métricas de validación y exposición pública. Las redes pueden servir como antesala, como orientación inicial o como complemento informativo, pero no como espacio terapéutico en sí mismo.
Este límite se vuelve especialmente relevante cuando observamos un fenómeno cada vez más frecuente: personas en fases muy tempranas de abstinencia que comparten de forma diaria y continua contenidos sobre su proceso de recuperación. Aunque socialmente esta conducta suele leerse como motivadora o inspiradora, desde una perspectiva clínica resulta profundamente ambigua y, en muchos casos, claramente desaconsejable.
En los primeros tiempos de abstinencia, la persona suele encontrarse en un momento de alta fragilidad psicológica. La identidad aún está en reconstrucción, la regulación emocional es inestable y el contacto con el vacío que deja la sustancia o la conducta adictiva todavía no ha podido ser elaborado. En este contexto, el uso intensivo de redes puede convertirse fácilmente en una forma de sustitución: se cambia el objeto de consumo, pero se mantiene la misma lógica de regulación externa, búsqueda de alivio inmediato y dependencia de la respuesta del entorno.
Desde el punto de vista terapéutico, existe un riesgo claro de que las redes funcionen como un tapón emocional. La exposición constante, la necesidad de mostrar avance, la presión por sostener un relato coherente de “recuperación” y la obtención de validación a través de likes o comentarios pueden dificultar —o incluso impedir— el contacto con emociones inevitables del proceso: miedo, culpa, vergüenza, tristeza o ambivalencia. Lo que no se sostiene internamente se actúa hacia fuera, y lo que debería trabajarse en un espacio protegido se convierte en contenido.
Además, esta sobreexposición temprana fija prematuramente una identidad pública que deja poco margen para el error, la recaída o la duda. La recuperación, que es por definición un proceso no lineal, corre el riesgo de transformarse en una narrativa performativa, más preocupada por mantenerse que por ser honesta. En ese punto, las redes dejan de ser un medio y pasan a ocupar el lugar de la función que antes tenía la adicción.
Por todo ello, el papel de los profesionales de las adicciones en redes sociales no puede ser ingenuo ni acrítico. Si deciden utilizarlas, resulta imprescindible que lo hagan desde una posición clara de responsabilidad clínica y ética. Esto implica, entre otras cosas, marcar límites explícitos, no reforzar dinámicas de exposición dañinas, recordar de forma reiterada que la recuperación real ocurre fuera de la pantalla y promover siempre el acceso a espacios terapéuticos presenciales y a grupos de apoyo estructurados.
Las redes sociales pueden ser una herramienta útil si se usan con prudencia, conciencia y objetivos bien definidos. Pero también pueden convertirse en un nuevo escenario de riesgo si reproducen las mismas lógicas de dependencia que se pretende tratar. La pregunta no es tanto si los profesionales deben estar en redes, sino cómo estar sin traicionar los principios básicos del trabajo terapéutico.
En un momento histórico en el que incluso las instituciones comienzan a reconocer los efectos nocivos de estas plataformas, quizás el mayor acto de responsabilidad profesional sea no confundir visibilidad con ayuda, ni exposición con proceso, y sostener que la recuperación, aunque pueda empezar en una pantalla, solo se consolida en el encuentro real, el vínculo y el trabajo profundo con la propia experiencia.
