El pasado fin de semana asistí a una boda. Una celebración llena de alegría, música y reencuentros. Pero también un recordatorio de lo profundamente arraigado que está el consumo de alcohol en nuestra forma de festejar. Desde el aperitivo hasta la madrugada, el vino, el champán y los licores fueron protagonistas indiscutibles.
Para alguien en proceso de recuperación, este tipo de eventos son un desafío. La pregunta es inevitable: ¿cómo pasarlo bien sin consumir en un entorno donde todo parece girar en torno a ello?
Aprender a celebrar desde otro lugar
La recuperación no significa renunciar a las celebraciones, sino aprender a vivirlas de otra manera.
- Se trata de reconectar con lo esencial: la compañía, la música, el baile, las conversaciones.
- Descubrir que la diversión no necesita estar mediada por el alcohol.
- Valorar la claridad con la que se vive y se recuerda cada momento.
Como señala un estudio publicado en Addiction Research & Theory, la capacidad de desarrollar nuevas formas de ocio saludables y significativas es uno de los predictores más fuertes de una recuperación estable.
El problema no es individual: es cultural
Lo que resulta más llamativo es cómo la sociedad no solo acepta, sino que fomenta actitudes peligrosas relacionadas con el consumo.
- Borracheras vistas como “parte de la fiesta”.
- Excesos celebrados con risas y normalizados en las conversaciones posteriores.
- La presión implícita de brindar, de no quedar fuera del grupo si no se bebe.
En este sentido, no es el individuo quien “tiene un problema”, sino una cultura que asocia diversión con intoxicación. Tal como señala la Organización Mundial de la Salud, el consumo excesivo de alcohol es uno de los principales factores de riesgo para la salud global, y sin embargo, sigue estando legitimado en los espacios sociales.
Recuperar el sentido de la celebración
Celebrar sin consumir no es un castigo, es una oportunidad:
- La oportunidad de disfrutar plenamente, sin lagunas de memoria ni resacas.
- La oportunidad de mostrar a otros que la diversión auténtica no depende de una copa.
- La oportunidad de romper con la idea de que para celebrar hay que perder el control.
Cada vez más personas están descubriendo que se puede bailar, reír, emocionarse y conectar en profundidad con los demás sin necesidad de alcohol. Y esa es quizá la mejor manera de honrar lo que significa una celebración: compartir la vida en plenitud.
Reflexión final
La recuperación nos enseña algo valioso: celebrar no es anestesiarse, es estar presentes.
Y como sociedad, deberíamos empezar a cuestionar la ligereza con la que fomentamos el exceso, especialmente en espacios donde también participan jóvenes y nuevas generaciones.
Quizá el verdadero cambio cultural empiece cuando sepamos valorar tanto a quien brinda con vino como a quien levanta su vaso de agua, y entendamos que disfrutar sin consumir no es solo posible, sino deseable.
