Una de las heridas menos visibles —y más profundas— que deja la adicción es la distorsión de la autoimagen. No hablamos solo de la autoestima, sino de algo más amplio y más arraigado: la forma en la que una persona se percibe a sí misma en el mundo.
Durante el consumo, muchas personas construyen una identidad marcada por la culpa, el fracaso, la desconfianza en sí mismas o incluso por una falsa sensación de poder o control que enmascara un vacío más profundo. La sustancia (o conducta adictiva) acaba funcionando como un espejo roto: devuelve una imagen fragmentada, que refuerza el autoengaño, la negación y la desconexión emocional.
¿Cómo se forma esta autoimagen dañada?
La adicción no aparece en el vacío. Muchas veces, quienes la padecen ya arrastran desde antes una relación complicada con su autoimagen: una historia de rechazo, traumas, desvalorización o exigencias imposibles de cumplir. El consumo viene a tapar esas grietas, pero a largo plazo las ensancha.
El problema es que, cuanto más se deteriora la imagen de uno mismo, más difícil es salir del ciclo. Se instala una creencia inconsciente pero poderosa: “esto es lo que soy”, “esto es lo que merezco”. Y desde ahí, pedir ayuda o imaginar una vida diferente se vuelve casi impensable.
La reconstrucción lleva tiempo (y no empieza con el espejo)
Recuperar la autoimagen no se trata de “verse mejor” desde fuera, sino de reconectar con una sensación interna de valor, integridad y coherencia. No hay atajos: se necesita tiempo, presencia y acompañamiento.
Algunas claves del proceso:
- Reconstruir la narrativa personal, incluyendo las partes difíciles sin caer en la autocompasión ni en el castigo.
- Volver a habitar el cuerpo, que ha sido muchas veces ignorado o maltratado. Ejercicio físico, alimentación, descanso, contacto físico saludable… todo esto ayuda a recuperar sensaciones básicas que sostienen el bienestar.
- Recibir una mirada distinta: la mirada del otro (terapeutas, compañeros de grupo, figuras de referencia) es fundamental para reflejarnos en algo nuevo y empezar a creernos dignos de respeto, incluso cuando aún no lo sentimos del todo.
- Aprender a tratarnos con ternura, sin caer en la permisividad, pero tampoco en la crueldad autoimpuesta que tantas veces acompaña al proceso de recuperación.
No se trata de “mejorar”. Se trata de reconocerse
La autoimagen que nace tras una recuperación sólida no es la del “nuevo yo perfecto”, sino la de una persona que se reconoce entera, con cicatrices, con luces y sombras, pero con capacidad de sostenerse sin recurrir a lo que le destruye.
Volver a verse con dignidad no es el final del camino: es uno de los primeros pasos para construir una vida con sentido, lejos del consumo.
Y, sobre todo, una vida en la que uno pueda sostenerse… incluso en los días más grises.
