Durante mi tratamiento empecé a correr, simplemente para incluir algo de ejercicio en mi rutina. No imaginaba entonces que ese gesto sencillo se convertiría en uno de los pocos momentos de alivio en una etapa tan dura como fueron mis primeros meses.
Poco a poco, mi cuerpo se fue adaptando. Notaba cómo mejoraba mi resistencia y cómo, sin darme cuenta, comenzaba a reconectar con mi cuerpo. Me di cuenta de que, durante años de consumo, lo había convertido en un simple soporte para la cabeza. Lo maltraté. Las sensaciones del cuerpo desaparecieron: todo era mental, compulsivo, desarraigado.
Correr me devolvió al cuerpo. Me dio vida. Me enseñó sacrificio, constancia, humildad y la satisfacción de avanzar paso a paso. También fue una pieza clave en la reconstrucción de mi autoestima: ver mejoras físicas tangibles me recordaba cada día que yo también podía mejorar.
A los dos años, ya en una etapa avanzada de mi tratamiento, me apunté a mi primera maratón. La carrera fue una revelación. Rodeado de miles de personas que emanaban salud, propósito y alegría, entendí que estar bien podía tener otro significado. Que no necesitaba escapar para disfrutar. Que había llegado al lugar donde quería estar.
Hoy, años después, el running sigue acompañándome. No es mi única herramienta, pero sí una constante leal. En los momentos más difíciles, me ayudó a mantener el foco y a no perderme. Me dio objetivos cuando no veía sentido. Y me recordó que aunque no siempre haya un gran propósito claro, siempre puedo seguir adelante… kilómetro a kilómetro.
Claro que, como buen adicto, tuve que aprender a autorregularme: evitar volcarme obsesivamente, no hacer del running una huida más. Hoy sé que forma parte de mi vida, pero no lo es todo.
Siempre digo que correr es la anti-adicción: mucho esfuerzo, pocas recompensas inmediatas, cero dopamina fácil. Solo esas buenas endorfinas, suaves y sostenidas, que te devuelven a la tierra y no te desconectan de ti.
Gracias, running. Espero que sigamos compartiendo camino.
