Pedir ayuda no es fácil. Nunca lo ha sido. Y cuando hablamos de sufrimiento emocional, adicciones, vacío o pérdida de sentido, todavía menos.
Nos cuesta por muchas razones, y casi todas tienen que ver con la forma en que hemos aprendido a sobrevivir: callando, tragando, disimulando. Nos enseñaron que pedir ayuda es sinónimo de debilidad. Que hay que poder con todo, que mostrarte vulnerable es exponerte demasiado. Que si cuentas lo que te pasa, alguien puede usarlo en tu contra. Así que aguantamos. A veces durante años.
Pero hay algo que conviene decir claro:
no pedir ayuda también tiene consecuencias.
Lo que no se dice, pesa
El silencio no cura. Solo esconde. Lo que no se habla se acumula, se enquista. Y muchas veces, cuando no sabemos cómo lidiar con ese dolor que no nombramos, terminamos anestesiándolo. A veces con sustancias. A veces con trabajo, con sexo, con comida, con ruido. Con lo que sea. Lo importante es no sentir.
Y ahí es donde entran las adicciones: como formas de no mirar. De no sentir. De no pedir.
Porque en el fondo, pedir ayuda es mirar de frente y decir: “no puedo con esto solo”.
Y eso, aunque parezca lo contrario, no es rendirse. Es empezar a hacer algo distinto.
El miedo al juicio (propio y ajeno)
Uno de los grandes bloqueos para pedir ayuda es la vergüenza. ¿Qué pensarán de mí? ¿Qué imagen voy a dar? ¿Y si se lo cuento a alguien y me mira con pena, o me da lecciones, o me suelta un “ya te lo dije”?
Pero muchas veces el juicio más duro no viene de fuera, sino de dentro. Esa vocecita que te repite que no vales, que siempre la cagas, que esta vez tampoco vas a poder. Esa parte tuya que prefiere castigo antes que compasión. Que cree que mereces estar mal.
Pedir ayuda también es poner en duda esa voz. Es decirle: “quizá no tengas razón. Quizá no soy tan desastre como dices”.
¿Y si pedir ayuda fuera un acto de honestidad?
No siempre hay que saber cómo hacerlo. Ni a quién. A veces es tan simple como escribirle a alguien y decirle: “necesito hablar”. O levantar la mano en un grupo. O mandar un mensaje. O reconocer, aunque sea en voz baja: “ya no puedo más”.
No hace falta tener un discurso preparado. Lo importante es romper el aislamiento.
Porque al final, cuando alguien pide ayuda, no está diciendo “sálvame”. Está diciendo:
“quiero salir de aquí, pero no sé cómo. ¿Me acompañas un rato?”
Y eso sí que es valentía. No la de los que aparentan que todo va bien, sino la de los que se atreven a decir la verdad.
Pedir ayuda no te quita fuerza. Te la devuelve.
Si estás en un momento jodido, si te pesa el cuerpo o la cabeza, si sientes que estás tirando de un carro que ya no se mueve, párate un segundo. No para rendirte. Para mirar alrededor.
Pedir ayuda no soluciona todo. Pero puede ser el principio.
Un punto de giro.
Una forma nueva de empezar.
