Uno de los errores más frecuentes cuando se habla de adicción es pensar que el problema es únicamente la sustancia o la conducta. Alcohol, cocaína, juego, sexo, pornografía… parecen ser el centro del problema. Y en parte lo son. Pero en muchos procesos de recuperación aparece una realidad más profunda: no se trata solo de dejar de consumir, sino de despedirse de una versión de uno mismo.
La adicción no solo modifica hábitos. Con el tiempo acaba configurando una identidad.
Muchas personas que comienzan un proceso de recuperación descubren algo inquietante: durante años han vivido desde un personaje. Un “yo” construido alrededor del consumo, del escape, de la mentira o de la supervivencia emocional.
Ese personaje no apareció por casualidad. En muchos casos cumplía una función.
Era la manera de anestesiar el dolor, de protegerse del rechazo, de soportar la ansiedad o de evitar una sensación de vacío difícil de nombrar. Para algunos fue una forma de pertenecer. Para otros, una forma de desaparecer.
La sustancia o la conducta adictiva se convierte entonces en algo más que una vía de escape. Se transforma en una especie de refugio psicológico donde el malestar queda suspendido durante un tiempo.
El problema es que ese refugio acaba convirtiéndose en una cárcel.
Con el paso de los años, el “yo en consumo” empieza a ocupar cada vez más espacio. Cambia la manera de pensar, de relacionarse y de percibirse a uno mismo. Aparecen la minimización, el autoengaño, la falsa sensación de control. Poco a poco la vida empieza a organizarse alrededor del consumo o de la conducta.
Por eso muchas personas descubren que la recuperación implica algo más profundo que la abstinencia.
Implica reconstruir la propia identidad.
Dejar de consumir es un paso fundamental, pero no es suficiente si la persona sigue identificándose con ese personaje que necesitaba escapar constantemente. En muchos procesos terapéuticos aparece entonces una tarea emocional importante: reconocer quién fue ese “yo en consumo”, entender qué intentaba resolver y, finalmente, despedirse de él.
Este proceso no consiste en negar el pasado ni en borrar lo vivido. Al contrario. Implica mirarlo de frente.
Reconocer que esa versión de uno mismo existió, que durante un tiempo intentó sobrevivir como pudo, pero que ya no es necesaria para seguir viviendo.
En terapia, a veces se trabaja con ejercicios simbólicos que ayudan a dar forma a este proceso. Uno de ellos consiste en escribir una carta de despedida a ese “yo en consumo”. No se trata de juzgarlo ni de humillarlo, sino de reconocer su historia y marcar una decisión: ese personaje ya no va a dirigir la vida.
Porque en el fondo la recuperación también es esto: una reconstrucción de la propia narrativa.
Durante años la adicción suele imponer una historia interna basada en la culpa, la vergüenza o la sensación de fracaso. El trabajo terapéutico consiste en ir desmontando esa narrativa y abrir espacio a otra diferente.
Una historia donde la persona deja de ser únicamente “un adicto” para convertirse en alguien que ha atravesado una experiencia compleja y está construyendo una vida distinta.
Ese cambio de identidad no ocurre de un día para otro. Es un proceso. A veces lento, a veces lleno de dudas. Pero es uno de los pasos más importantes en la recuperación.
Porque cuando alguien deja de identificarse con su “yo en consumo”, empieza a aparecer algo nuevo.
Una versión más honesta, más consciente y, sobre todo, más libre.
