La retórica es, según la definición clásica, el arte de bien decir: dar al lenguaje la eficacia suficiente para deleitar, persuadir o conmover. No tiene nada de malo en sí misma. El problema aparece cuando se aplica a un tema donde lo que está en juego no es convencer a una audiencia, sino ayudar a una persona.
Con las adicciones ocurre con frecuencia. Muchas veces el discurso público suena más a argumento de predicador que a explicación médica: frases solemnes, grandes imágenes, mucha emoción y mucha moraleja. Y conviene decir que quien escribe estas líneas también ha caído en ese tipo de discurso en alguna ocasión. No es una crítica, es una duda sobre cómo deberíamos hablar de este tema para que realmente sirva.
El mensaje que llega a quien está dentro
Cuando hablamos de adicción con tono de sermón o de épica del abismo, lo que le llega a la persona que la padece suele ser un mensaje implícito: que está poseída por algo, que es moralmente débil, que necesita casi un exorcismo y no un tratamiento. Es la imagen del «endemoniado» frente a la de una persona con un problema de salud complejo.
Esa diferencia no es solo estética. Hay evidencia de que las palabras que elegimos cambian cómo se juzga a quien las recibe. En un estudio con clínicos, Kelly y Westerhoff (2010) comprobaron que incluso profesionales de salud mental, expuestos a una misma descripción de un caso, valoraban de forma distinta a la persona según se la llamara «substance abuser» o «persona con un trastorno por consumo de sustancias»: el primer término se asociaba con más castigo y menos tratamiento (Kelly y Westerhoff, International Journal of Drug Policy). Esta línea de trabajo es la que ha llevado a organismos como el NIDA a recomendar un lenguaje centrado en la persona y a evitar términos cargados de culpa (NIDA, Words Matter).
Conviene añadir un matiz de honestidad: estos estudios miden cómo se juzga una descripción, no cómo evolucionan pacientes reales, así que no demuestran por sí solos un efecto clínico. Pero señalan una dirección coherente con lo que se observa en consulta: la vergüenza y el estigma dificultan pedir ayuda.
Cuando contar demasiado deja de ayudar
Otra cara de la retórica es el relato detallado del consumo: el cuánto, el cómo, el descenso a los infiernos. Es un tipo de narración que suena potente, pero que plantea una pregunta incómoda: ¿acerca a alguien a la salida, o solo alimenta la escena?
Contar la propia historia puede ser muy útil cuando sirve para elaborarla y sostenerse, como ocurre en los grupos de ayuda mutua. Lo cuestionable es repetirla como épica del fondo, sobre todo hacia fuera, porque puede acabar fijando a la persona, y también a su familia, en la herida en lugar de abrir camino. Quizá el lenguaje que hace falta es uno que mire más hacia adelante que hacia el abismo: menos épica del fondo y más comprensión de lo que sí ayuda a sostenerse.
Cuando el dolor se convierte en escaparate
Hay una derivada más delicada. En algunos casos, esta forma de hablar se transforma en una teatralización del dolor: se pone el foco en el sufrimiento de quienes padecen la adicción y de sus familias con la finalidad de usarlo como recurso de marketing para captar pacientes, que acaban siendo sobre todo clientes, con todo lo que eso conlleva.
No es un fenómeno nuevo ni exclusivo de un país, y las malas prácticas en este ámbito aparecen con frecuencia en la prensa. Pero precisamente por eso conviene decirlo en voz alta: el sufrimiento ajeno no es un recurso de comunicación.
¿Qué podríamos hacer?
No tengo una receta cerrada, pero algunas ideas parecen razonables. Hablar de adicción como lo que es, un problema de salud, con lenguaje claro, centrado en la persona y sin moralina. Preferir el relato que informa (qué ayuda, qué funciona, cómo se sostiene un proceso) al relato que impacta. Revisar con honestidad nuestra propia comunicación como profesionales, también la que hacemos para atraer pacientes. Y, sobre todo, abrir la conversación dentro del propio sector, porque el cambio de lenguaje solo será real si lo adoptamos quienes nos dedicamos a esto.
Si el lenguaje con el que hablamos de las adicciones fuera más cercano al de la medicina que al del púlpito, quizá las personas que las padecen podrían sentirse menos objeto de un sermón y más sujetos de un tratamiento.
Referencias
- Kelly, J. F., y Westerhoff, C. M. (2010). Does it matter how we refer to individuals with substance-related conditions? A randomized study of two commonly used terms. International Journal of Drug Policy, 21(3), 202-207.
- National Institute on Drug Abuse. Words Matter: Preferred Language for Talking About Addiction.
