Cuando hablamos de vergüenza y adicción, casi siempre lo hacemos en un solo sentido: el consumo genera vergüenza. La persona bebe, consume, recae, y a partir de ahí aparece el juicio hacia sí misma. Es una relación real y bien documentada. Pero hay una pregunta menos formulada, y quizás más importante para entender por qué algunas personas desarrollan una adicción y otras no: ¿qué pasa cuando la vergüenza ya estaba ahí antes?
La investigación de los últimos años apunta a algo revelador. La vergüenza no solo es una consecuencia del consumo — en muchos casos, es una vulnerabilidad previa que el consumo viene a explicar, e incluso a nombrar.
Dos emociones que no son lo mismo
Antes de avanzar, conviene separar dos palabras que solemos usar como sinónimos: culpa y vergüenza. La psicología las distingue con precisión. La culpa señala una acción — «hice algo malo» — y admite reparación. La vergüenza señala el ser entero — «soy malo» — y no ofrece una acción concreta que enmendar.
Esta distinción no es solo semántica: predice el riesgo. La investigación disponible sugiere que la propensión a la vergüenza actúa como factor de riesgo para desarrollar problemas de abuso de sustancias, mientras que la propensión a la culpa tiende a funcionar como factor protector. La explicación es coherente: quien es propenso a la vergüenza sostiene una visión disposicionalmente negativa de sí mismo, con más dificultades para regular el afecto; quien es propenso a la culpa centra su atención en las consecuencias de sus actos, no en su valor como persona, y suele desarrollar mejores estrategias de autorregulación (Fitzsimons, Tangney y Wilner, 2021).
La vergüenza que ya estaba ahí
El dato más directo proviene de un estudio longitudinal con consumidores de estimulantes, seguidos en seis puntos temporales distintos mediante modelos de crecimiento latente. El hallazgo es contraintuitivo si se parte de la idea de que el consumo causa la vergüenza: los niveles iniciales de consumo no se asociaron con disminuciones de la vergüenza a lo largo del tiempo. Los investigadores concluyen que el consumo probablemente no inicia el ciclo con la vergüenza, sino que los niveles iniciales de vergüenza parecen preexistentes, atribuibles a otra causa (Chaplin et al., 2022).
Dicho de otro modo: la vergüenza no nació con la sustancia. Ya estaba ahí, buscando explicación.
Esto conecta con otro hallazgo relevante desde la teoría de la automedicación. Un estudio con población universitaria encontró que la vergüenza actúa como mediadora entre la depresión —un malestar anterior— y conductas adictivas como el abuso de alcohol o el juego problemático. Las personas con depresión son especialmente susceptibles a la vergüenza, y esa vergüenza elevada ayudaría a explicar por qué la depresión termina asociándose con distintas formas de adicción (Mackinnon, Kehayes, Leadbeater y Wilson, 2018).
Cuando el consumo pone nombre a la vergüenza
Aquí llegamos al punto quizás más útil para pensar la recuperación. Si la vergüenza identitaria —difusa, sin causa reconocible— es psíquicamente más difícil de sostener que una vergüenza con motivo claro, entonces el consumo cumple una función inesperada: le da a esa vergüenza un objeto concreto. «Soy despreciable porque consumo» resulta, paradójicamente, más tolerable que «soy despreciable y no sé por qué».
Desde la psicología narrativa, las personas construimos una interpretación continua de quiénes somos, evaluando constantemente cómo nos va en relación con quienes aspiramos a ser (Radoilska, 2013). Cuando alguien con adicción reconoce sus propios fallos de control, ese reconocimiento se incorpora a esa historia personal como material nuevo — y reorganiza el relato sobre quién es. Si la vergüenza previa no tenía un capítulo narrativo claro, la adicción se lo ofrece: una causa legible, verificable, ante los propios ojos y ante los demás.
Una lectura desde el apego y la psicodinámica añade otra capa. Las personas con experiencias relacionales tempranas disfuncionales, que no lograron construir un self estable ni una autoestima sólida, pueden recurrir a la conducta adictiva como estrategia para controlar afectos como la vergüenza, la depresión, la ira o la culpa (Cordella et al., 2024). La sustancia, en ese sentido, no solo anestesia — también reorganiza un malestar antiguo dentro de un relato que, aunque doloroso, ofrece más control que la vergüenza original.
El papel de la crianza
Un estudio con más de 700 jóvenes adultos italianos aporta un matiz importante: no toda vergüenza opera igual. La investigación distingue entre distintas dimensiones de la vergüenza y encuentra que actúan en direcciones opuestas sobre la severidad de la adicción. La tendencia a la retirada y el aislamiento, ligada a una crianza disfuncional, predijo mayor severidad; en cambio, la dimensión de autoevaluación negativa —una forma más elaborativa de procesar la vergüenza— funcionó como factor protector (Cavicchioli et al., 2022).
La implicación clínica es clara: no basta con nombrar «la vergüenza» como si fuera un bloque único. Importa qué hace esa vergüenza con la persona — si la empuja a esconderse, o si le permite mirarse con más profundidad.
Qué significa esto para el trabajo terapéutico
Si el consumo funciona como una explicación concreta para una vergüenza que ya existía, entonces el trabajo terapéutico no puede limitarse a abordar la vergüenza generada por la adicción — la de las consecuencias, las recaídas, el daño causado a otros. Es necesario rastrear el origen biográfico de esa vergüenza más antigua, la que precedió al consumo.
Porque si esa vergüenza fundacional no se toca, la abstinencia puede lograrse sin que el malestar identitario que la sostenía desaparezca. Y ese vacío —el de una vergüenza que ya no tiene una sustancia que la explique— es, para muchas personas en recuperación, terreno fértil para la recaída: una forma, incluso inconsciente, de recuperar el relato que la abstinencia había retirado.
Entender esto no cambia el tratamiento de un día para otro. Pero sí cambia la pregunta que se hace en la sala: no solo «¿qué te hizo sentir el consumo?», sino también «¿qué sentías tú, antes de todo esto, que quizás nunca tuvo nombre?»
Referencias
- Fitzsimons, S., Tangney, J. P., & Wilner, J. (2021). Managing shame and guilt in addiction: A pathway to recovery.Addictive Behaviors.
- Cavicchioli, M. et al. (2022). The mediation role of shame proneness in the association between perceived parenting and the severity of addictive behaviors. Current Psychology.
- Mackinnon, S. P., Kehayes, I.-L. L., Leadbeater, B., & Wilson, R. (2018). Shame mediates the relationship between depression and addictive behaviours. Addictive Behaviors.
- Chaplin, T. M. et al. (2022). The shame spiral of addiction: Negative self-conscious emotion and substance use.PLOS One.
- Radoilska, L. (2013). The Shame of Addiction. Frontiers in Psychiatry.
- Cordella, B. et al. (2024). Narrative identity in addictive disorders: a conceptual review.
