Hay una pregunta que me hago constantemente en mi trabajo con personas que atraviesan una adicción: no es tanto por qué empezaron a consumir, sino por qué siguen recurriendo al consumo cada vez que aparece el malestar. La respuesta, en la mayoría de los casos, no tiene que ver con el deseo de la sustancia en sí, sino con algo mucho más básico y mucho más humano: la incapacidad de tolerar la incomodidad.
Qué es la tolerancia al malestar
La tolerancia al malestar es la capacidad de sostener emociones desagradables (ansiedad, frustración, aburrimiento, incertidumbre, vergüenza) sin necesidad de eliminarlas de inmediato. No es lo mismo que «aguantar» en silencio ni que reprimir lo que se siente. Es la habilidad de quedarse con la incomodidad el tiempo suficiente como para responder desde la reflexión y no desde el impulso.
Cuando esa tolerancia es baja, el cerebro busca la salida más rápida disponible. Y esa salida, con el tiempo, se automatiza: una sustancia, una pantalla, la comida, el trabajo compulsivo, o cualquier otra conducta que produzca alivio inmediato aunque el coste llegue después.
El papel central en las adicciones
En el trabajo terapéutico con adicciones, esto se ve con una claridad brutal. La recaída rara vez ocurre porque la persona «quiere» consumir en abstracto. Ocurre en un momento muy concreto: una discusión, una noticia difícil, un silencio incómodo, una espera que se hace larga. El malestar aparece y, si no hay una herramienta distinta, el cerebro tira del recurso conocido.
Por eso gran parte del trabajo de recuperación no consiste solo en dejar de consumir, sino en reconstruir la capacidad de estar con lo incómodo sin huir de ello. Es un músculo que se ha usado poco, o que se ha sustituido sistemáticamente por atajos.
Y en el trabajo, ¿qué cambia?
Aunque el contexto es distinto, el mecanismo es exactamente el mismo, y en el entorno laboral se manifiesta constantemente, aunque rara vez lo llamamos por su nombre.
La reunión difícil que se pospone una semana más. El correo con feedback duro que se deja «para luego». La conversación pendiente con un compañero o un jefe que se evita entrando en modo ocupado. El proyecto que genera inseguridad y que se sustituye por tareas menores pero más cómodas. Y, con demasiada frecuencia, la copa después de una jornada especialmente tensa, que empieza siendo un desahogo puntual y puede convertirse, sin darse cuenta, en la única forma conocida de bajar el malestar acumulado.
En todos estos casos no hay falta de competencia ni de tiempo. Hay una emoción incómoda (miedo a la reacción del otro, miedo al fracaso, ansiedad ante la incertidumbre) que se resuelve evitando en lugar de afrontando. La productividad, la procrastinación, el consumo de alcohol como «premio» tras el trabajo o el burnout tienen, en el fondo, la misma raíz que una recaída: baja tolerancia al malestar buscando una salida rápida.
Por qué esto importa más de lo que parece
Cuando entendemos que evitar y consumir comparten mecanismo, cambia también la manera de abordarlos. No se trata de fuerza de voluntad ni de disciplina pura. Se trata de entrenar la capacidad de quedarse un poco más en la incomodidad antes de reaccionar, sea cual sea la forma que tome esa reacción.
Esto tiene una implicación importante tanto en terapia como en el ámbito laboral: los entornos que constantemente premian el alivio inmediato (recompensas rápidas, evitación tolerada, cultura del «apaga fuegos») debilitan esta capacidad en las personas. Y los entornos que acompañan la incomodidad con calma, sin urgencia por resolverla ya, la fortalecen.
Cómo se entrena la tolerancia al malestar
Algunas prácticas que trabajamos tanto en consulta como en contextos laborales:
Nombrar el malestar en el momento en que aparece, en lugar de actuar automáticamente sobre él. Poner una pausa deliberada, aunque sean solo unos segundos, entre lo que se siente y lo que se hace. Preguntarse qué se está evitando concretamente, en vez de quedarse en la sensación difusa de incomodidad. Y, sobre todo, practicar exponerse de forma progresiva a esas situaciones incómodas en pequeñas dosis, en lugar de evitarlas por completo.
Ninguna de estas prácticas elimina el malestar. Ese no es el objetivo. El objetivo es que deje de ser el malestar quien decida por nosotros.
Una habilidad, no un rasgo
Lo más importante de todo esto es que la tolerancia al malestar no es un rasgo de personalidad con el que se nace o no. Es una habilidad, y como toda habilidad, se entrena con repetición y con acompañamiento. Tanto en un proceso de recuperación de una adicción como en el desarrollo profesional de cualquier persona, aprender a sostener la incomodidad sin huir de ella es, probablemente, una de las inversiones más rentables que se pueden hacer.
La próxima vez que sientas la necesidad urgente de escapar de algo incómodo, ya sea con una sustancia, con el móvil o con una tarea que no toca, vale la pena hacer una pausa y preguntarse: ¿qué pasaría si me quedo aquí un poco más?
